Bailar

Mambo No. 5 y el canon de Prado

Cómo un conjunto de mambos numerados se convirtió en un repertorio controvertido de mediados de siglo

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El conjunto de mambos numerados asociados a Dámaso Pérez Prado —del cual "Mambo No. 5" es el más ampliamente difundido— ocupa un lugar peculiar en la música popular de mediados del siglo XX, situándose entre la práctica de baile afrocubana y los idiomas orquestales de la big band norteamericana. Las versiones populares sitúan la composición de estas piezas alrededor del cambio de década de 1950, aunque el registro documental en la literatura académica es irregular y las historias orales llevan gran parte del peso. Lo que resulta más claro es el entorno en el que Prado trabajó: como muchos instrumentistas cubanos de la época, construyó una parte sustancial de su carrera en México, donde músicos emigrantes fusionaron repetidamente ritmos caribeños con la industria comercial de grabación de la capital.[1] Ese contexto mexicano, más que solo La Habana o Nueva York, suministró los estudios, películas y orquestas a través de los cuales el mambo alcanzó a una audiencia continental.[1]

La arquitectura musical del mambo no puede entenderse separada del jazz, el género afroamericano nacido en las comunidades de Nueva Orleans a finales del siglo XIX y difundido mundialmente a lo largo del siglo XX.[2] Los arreglos de Prado se apoyaron en los mismos recursos que los estudiosos identifican como centrales para el jazz: una cualidad rítmica propulsora, espacio para la improvisación y una sonoridad de metales y cañas moldeada por las personalidades de los músicos individuales.[2] Mientras el jazz osciló durante mucho tiempo entre servir como música de fondo para reuniones sociales y como repertorio que exigía una escucha concentrada, el mambo fue enfáticamente lo primero: música organizada primero para el cuerpo que baila.[2] La comparación resulta instructiva porque ambos idiomas comenzaron como formas de baile popular antes de que críticos e instituciones los reconsideraran como objetos de estudio.

El papel de la Ciudad de México como crisol merece énfasis, ya que las narrativas que canalizan la música de baile latina únicamente a través de La Habana y Manhattan la subestiman. La industria musical mexicana de mediados de siglo absorbió a los intérpretes extranjeros como cosa corriente, y los músicos cubano-mexicanos se convirtieron en una categoría reconocida dentro de una escena que habitualmente mezclaba cumbia, salsa y otros ritmos latinos con géneros importados.[1] Dentro de ese ecosistema un director de banda podía grabar prolíficamente, aparecer en el cine y hacer giras, acumulando el catálogo de títulos que oyentes posteriores tratarían como un cuerpo de obra coherente. Los mambos numerados pertenecen exactamente a este tipo de producción industrial, creados rápida y serialmente en lugar de como obras maestras aisladas.

La expresión "the Prado canon" plantea la cuestión de cómo se forma un canon, un problema que los estudios literarios han examinado con mayor rigor que los musicólogos. Los estudios sobre la formación de cánones enfatizan que un canon se construye a través de discursos de filiación y selección crítica, y que obras —particularmente las de figuras descuidadas— son rutinariamente omitidas del registro crítico aun cuando cumplen los criterios definitorios del género.[3] Aplicado a las grabaciones, la lección es que los mambos sobrevivientes y antologizados representan decisiones tomadas a posteriori, no un inventario neutral de todo lo que Prado y sus contemporáneos consignaron al disco. El canon, en otras palabras, es un artefacto de curaduría posterior tanto como de creación original.

La recepción en el mercado angloparlante se filtró a través de un aparato que también era joven y controvertido. La lista de música popular basada en ventas era una invención reciente; en Gran Bretaña una publicación musical adaptó un modelo estadounidense solo en 1952, y durante años posteriores ninguna lista única obtuvo consenso universal.[4] Guías y organismos oficiales designaron retrospectivamente ciertas publicaciones como canónicas para periodos determinados, una decisión que los críticos han disputado porque se dejaron de lado listas más leídas.[4] La consecuencia fue que el estatus de un disco como número uno podía variar de una lista a otra, y éxitos notables fueron excluidos del canon sancionado posteriormente simplemente por encabezar la lista equivocada.[4] La posición comercial de un mambo en este periodo, pues, depende en parte de la medida que se consulte.

La difusión internacional del mambo también pertenece a un movimiento posguerra más amplio de baile afrodiásporo a través de continentes. Entre 1947 y 1960 la coreógrafa Katherine Dunham, con una compañía que acercaba a doscientos bailarines, percusionistas y cantantes, transportó un repertorio de más de ciento sesenta piezas a través de cientos de ciudades en seis continentes.[5] Su itinerario recuerda que el movimiento de raíz caribeña circulaba globalmente tanto como entretenimiento popular como arte de concierto durante precisamente los años en que el mambo cruzó fronteras.[5] El alcance mundial del mambo, por tanto, no fue una novedad aislada sino una corriente dentro de una redistribución mucho mayor de la performance de origen africano.

En una visión a más largo plazo, el canon de Prado experimentó la misma revaluación que sufrió el jazz, que pasó en décadas de música de baile popular desechable a una forma honrada como tesoro nacional.[6] Los mambos numerados, una vez consumidos como éxitos de baile efímeros, se convirtieron, para oyentes posteriores, en objetos de archivo estudiados por su innovación en arreglos y ritmo. La memoria popular ha vinculado desde entonces "Mambo No. 5" a revivals posteriores muy alejados de su origen, recordándonos que un título puede sobrevivir a las condiciones que lo produjeron. Sin embargo, persiste una precaución historiográfica: donde el registro de listas es controvertido y la pista documental es escasa, las afirmaciones sobre la primacía de cualquier grabación individual deben tomarse con cautela, ya que las listas canónicas que enmarcan dichos discos fueron ensambladas por manos distintas a las de los propios músicos.[7]

Referencias

  1. 1.Rock de MéxicoWikipedia contributors, Wikipedia, intro
  2. 2.JazzWikipedia contributors, Wikipedia, intro
  3. 3.La niña mala de Mario Vargas Llosa, ¿hija de la picaresca?Pontificia Universidad Católica del Perú, Hipogrifo Revista de literatura y cultural del Siglo de Oro, 2015, abstract
  4. 4.List of UK charts and number-one singles (1952–1969)Wikipedia contributors, Wikipedia, lead
  5. 5.Visceral Data for Dance HistoriesHarmony Bench, TDR/The Drama Review, 2022, abstract
  6. 6.JazzWikipedia contributors, Wikipedia, history
  7. 7.List of UK charts and number-one singles (1952–1969)Wikipedia contributors, Wikipedia, lead