Bailar

Salsa Puertorriqueña

La elaboración puertorriqueña de una herencia músico-dancística circuncaribeña

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La salsa puertorriqueña designa la corriente característicamente puertorriqueña de la salsa, un idioma músico-dancístico que cristalizó en Nueva York durante los años 60, cuando la escena latina de la ciudad fusionó el son cubano con otros estilos latinoamericanos en grabaciones realizadas en gran medida por músicos puertorriqueños.[1] Sus raíces más hondas se encuentran en el son cubano, género sincrético nacido en las tierras altas orientales de Cuba hacia finales del siglo XIX, que unió el estilo vocal español, la métrica lírica y las tradiciones de cuerda a un característico ritmo de clave, a un fraseo de llamada y respuesta y a una percusión de derivación bantú.[2] Con todo, la salsa tal como la elaboraron los puertorriqueños no puede desligarse de la propia herencia heterogénea de la isla, producto estratificado de recursos africanos, taínos y europeos audible en formas autóctonas como la bomba, la plena, la danza, el seis y el canto jíbaro.[3] Por ello conviene abordar el género no como una sola invención nacional, sino como una conversación regional en la que una gramática cubana adquirió un acento puertorriqueño.

El linaje cubano importa porque la salsa heredó la arquitectura formal del son en lugar de improvisar una de la nada. El son había llegado a La Habana hacia 1909, y las primeras grabaciones siguieron en 1917, tras lo cual la música se expandió por toda la isla hasta convertirse en el género más popular e influyente de Cuba.[4] Sus conjuntos se ampliaron por etapas reconocibles: los primeros grupos de tres a cinco intérpretes dieron paso al sexteto durante los años 20, al septeto provisto de trompeta hacia los años 30 y, ya en los años 40, al conjunto, formato más amplio anclado en las congas y el piano.[5] De esta tradición la salsa tomó a su vocalista principal, el sonero, y la práctica del soneo —la invención cantada desplegada sobre el montuno repetido— que se convirtió en el sello del cantante de salsa no menos que del cantante de son que lo precedió.[6]

Igualmente trascendente fue la descarga, la sesión de improvisación de estructura laxa que floreció en Cuba durante los años 50 y legó a la salsa su ethos improvisatorio.[7] Hasta el vocabulario viajó intacto: el término sonora, empleado para los conjuntos con una sección de trompetas más suave y fundida, sobrevive en nombres de banda como Sonora Ponceña, la orquesta radicada en Ponce cuyo topónimo fija la plantilla importada a una ciudad puertorriqueña concreta.[8] Tales continuidades muestran que la diferencia entre el son y la salsa fue menos una ruptura que una recontextualización, en la que un idioma cubano consolidado se reanimó dentro de un nuevo entorno urbano y diaspórico.

En la isla misma, el sustrato musical en el que la salsa habría de ser recibida se había venido formando a lo largo de siglos de vida colonial. El Puerto Rico temprano cultivó el canto trovadoresco español, la música eclesiástica y la música de banda militar junto a las formas de baile atendidas por los campesinos jíbaros y por los africanos esclavizados, quienes, aunque nunca constituyeron más de aproximadamente una novena parte de la población, aportaron algunos de los rasgos más distintivos y perdurables de la isla.[9] La cultura material siguió la misma mezcla: una vihuela española está documentada en la isla ya en 1512, y con el tiempo los lugareños adaptaron ese instrumento al cuatro puertorriqueño, a la vez que los instrumentos europeos importados cedían ante la conga y otras percusiones de derivación africana a medida que esa cultura se asimilaba.[10] El resultado fue un paisaje sonoro criollo inusualmente receptivo a un género que él mismo equilibraba la melodía ibérica frente al ritmo africano.

La geografía del estilo no se circunscribe, sin embargo, al archipiélago. El ámbito de la música puertorriqueña se extiende a los millones de personas de ascendencia puertorriqueña asentadas en Estados Unidos, sobre todo en la ciudad de Nueva York, cuya producción —que va de la salsa a los boleros de Rafael Hernández— resulta inseparable de la de la propia isla.[11] Fue precisamente en ese crisol diaspórico donde el estilo cuajó, pues la escena musical neoyorquina de los años 60 propició el rápido éxito de un sonido que combinaba el son con otros ingredientes latinoamericanos y grabado principalmente por puertorriqueños.[1] Los barrios migrantes de la metrópoli, antes que los pueblos del interior, funcionaron así como el laboratorio en el que una herencia cubana adquirió un sello reconociblemente puertorriqueño.

Entre las instituciones que dieron a la salsa puertorriqueña su forma perdurable, ninguna se yergue más alta que El Gran Combo, la orquesta fundada en 1962 por el pianista y director Rafael Ithier.[12] Ithier, nacido en el barrio de Puerta de Tierra de San Juan en 1926 y criado en Río Piedras, se formó primero como guitarrista de boleros dentro del grupo de Tito Henríquez, antes de que su hermana Esperanza lo inspirara a tomar el piano, el instrumento sobre el que edificaría el cimiento armónico de la orquesta.[13] Su formación se remontaba, pues, a la balada romántica del bolero aun cuando se convirtió en arquitecto central del sonido de salsa más metálico y movido por la percusión.

El aprendizaje de Ithier transcurrió en la banda de su amigo de la infancia Rafael Cortijo —el célebre "Cortijo y su Combo"—, a la que se unió durante los años 50 y de cuya órbita acabó por surgir El Gran Combo.[14] En su vida posterior atribuyó la notable longevidad de la orquesta a su disciplina, y extendió su influencia más allá de su propia banda al servir como arreglista musical de los Puerto Rico All Stars en el álbum debut de ese conjunto en 1977, antes de su muerte en Bayamón en diciembre de 2025 a los noventa y nueve años.[15] El arco de su carrera, que abarca el bolero, el combo de Cortijo y una orquesta de salsa emblemática, sintetiza la profundidad genealógica sobre la que descansaba el estilo puertorriqueño.

Si El Gran Combo encarnó la columna vertebral orquestal del idioma, Gilberto Santa Rosa ejemplificó su arte vocal. Oriundo del distrito de Santurce de San Juan, nacido allí en 1962, llevaría más tarde el sobrenombre de "El Caballero de la Salsa" —el caballero de la salsa— e hizo su debut discográfico como corista adolescente con la Orquesta de Mario Ortiz en 1976; luego se incorporó a La Grande Orchestra como vocalista principal, donde permaneció dos años y conoció a Elías López, quien ayudó a moldear su canto.[16] Su trayectoria, de voz de coro a figura principal, reflejó la estructura de aprendizaje mediante la cual las orquestas de salsa transmitían el oficio de una generación a la siguiente.

Santa Rosa cultivó una manera personal de soneo, la improvisación cantada heredada directamente del son, lo bastante flexible como para llevarlo a través tanto del registro "tropical" como del "romántico" en los que la salsa se había dividido para entonces.[17] Tras formar su propia banda y firmar con Combo Records en 1986, produjo una serie de éxitos y se convirtió en el primer cantante de salsa tropical en encabezar un cartel en el Carnegie Hall, donde una prolongación improvisada de cuatro minutos de su canción "Perdóname" impresionó tanto a los oyentes que después se vio obligado a memorizar sus propios versos improvisados para las actuaciones siguientes.[18] El episodio capta con nitidez la paradoja de la improvisación salsera, en la que la espontaneidad, una vez grabada y adorada, se vuelve repertorio que ha de reproducirse.

Los reconocimientos que siguieron midieron el alcance del estilo tanto como el del hombre. Durante 1990 el cantante prestó su voz al proyecto de estrellas La Puertorriqueña junto al veterano Andy Montañez y, en la categoría de mejor vocalista masculino, se llevó el Premio Lo Nuestro de Billboard; a lo largo de una carrera más dilatada reuniría seis premios Grammy y vendería más de tres millones de discos en Estados Unidos y Puerto Rico.[19] Tales cifras indican cómo una música nacida en los salones de baile de los migrantes había, en el transcurso de una sola generación, accedido a la corriente comercial dominante sin renunciar a sus asociaciones insulares.

La salsa puertorriqueña también ocupa un lugar particular dentro de una densa red de géneros vecinos. Su núcleo rítmico y estructural sigue siendo el son cubano; sin embargo, en el lado cubano esa misma raíz se desarrolló de otro modo hacia el songo y hacia la timba, esta última llamada a veces "salsa cubana", de manera que la salsa y la timba se leen mejor como primas surgidas de un ancestro compartido que como una sola tradición continua.[20] Dentro de Puerto Rico el estilo coexistió con las formas autóctonas más antiguas —la bomba y la plena de modo más conspicuo— y con los híbridos cosmopolitas de una generación posterior, ya que la misma cultura musical isleña produciría con el tiempo el Latin trap y el reggaeton.[21] El género se sitúa así en una encrucijada, con la mirada vuelta hacia atrás, hacia el son cubano y las formas folclóricas puertorriqueñas, y hacia adelante, hacia los estilos urbanos del nuevo siglo.

La recepción de la música se desplegó a escala internacional a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, en paralelo a los anteriores viajes globales del son, cuyas giras de los años 30 por Europa y Norteamérica ya habían producido adaptaciones de salón como la rumba estadounidense y, por la vía de la radio, formas híbridas tan distantes como la rumba congoleña.[22] La aparición de Santa Rosa en el Carnegie Hall, grabada y publicada como álbum en vivo, y su gira de 1995 como Embajador de Buena Voluntad de Puerto Rico en Japón, donde su sello discográfico tradujo sus canciones al japonés para el público local, ilustran en conjunto cuán a fondo circuló la vertiente puertorriqueña más allá de su público de origen.[23] La difusión de la salsa, en suma, repitió en una fecha posterior el mismo patrón de irradiación hacia afuera que el son había inaugurado una generación antes.

El legado del estilo en el siglo XXI queda atestiguado del modo más vívido por su recuperación como patrimonio cultural entre los puertorriqueños más jóvenes. En 2025 el rapero Bad Bunny lanzó "Baile Inolvidable", una canción de salsa concebida como homenaje a la herencia cultural puertorriqueña y grabada con músicos apenas salidos de la adolescencia, todos provenientes de la Escuela Libre de Música, la escuela pública de música de la isla.[24] Su visualizador de audio acompañante se remontó a la creación en 1952 del Estado Libre Asociado y al nacionalismo cultural de aquel momento, enmarcando la salsa como vehículo de identidad insular antes que como mero entretenimiento de pista.[25] Que una figura destacada del pop latino contemporáneo regrese a la salsa, y a un conservatorio público, señala la función continua del género como marcador de pertenencia.

Consideradas en conjunto, estas vertientes explican por qué la salsa puertorriqueña se entiende con mayor exactitud como una elaboración puertorriqueña de una herencia caribeña compartida que como una creación nacional autosuficiente. La gramática del son —clave, montuno, sonero, conjunto— suministró la materia prima; la diáspora de Nueva York suministró el laboratorio; y orquestas como El Gran Combo junto a cantantes como Gilberto Santa Rosa suministraron el sello interpretativo distintivo que una tradición que se extiende desde los boleros de Rafael Hernández hasta los homenajes de un nuevo siglo ha seguido portando.[26] En esa larga continuidad el baile preserva tanto su descendencia cubana como su voz enfáticamente puertorriqueña.

Referencias

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  2. 2.Son cubanoWikipedia contributors, Wikipedia, intro
  3. 3.Bomba | Puerto Rico, Dance, Drums, Afro-Latino, & Facts | Britannicawww.britannica.com, intro
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  7. 7.Son cubanoWikipedia contributors, Wikipedia, intro
  8. 8.Son cubanoWikipedia contributors, Wikipedia, Etymology
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  16. 16.Gilberto Santa Rosa Celebrates 40-Year Trajectory in Salsa Music With New Live AlbumEarly years
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